Deseo que esta primera columna resulte un a modo de declaración de intenciones, de autoconfesión pública. Y, como aquel “feo, católico y sentimental” Marqués de Bradomín valleinclanesco, quiero desde el principio poner las cartas sobre la mesa.
Quizás a algunos les parecerá una “boutade”; para otros constituirá un riesgo que posibilita posteriores prejuicios “ad hominem”, descalificaciones propias de épocas turbias no necesariamente pasadas. Asumo ambas posibilidades desde el mismo momento que me siento a escribir estas líneas bautismales.
Amo la libertad. Por eso soy liberal. Como diría el hidalgo manchego a su otro yo, la libertad es “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”. Creo que la libertad es la que define al hombre como tal. A más a más, y desde las revoluciones burguesas del siglo XVIII, el hombre es hombre porque es ciudadano, arrojando las cadenas de la servidumbre que, aún hoy, ideologías antiliberales propugnan: fascismos y comunismos (mismos perros con distintos collares que siguen ladrando desde las lindes del siempre tortuoso camino de la libertad), populismos o el integrismo islámico suponen verdaderos peligros para la libre convivencia, aprovechando ese “miedo a la libertad” al que aludiese Fromm.
Es cierto que no existe libertad civil, ni económica, sin la correspondiente responsabilidad individual. Esa es la libertad que defiendo: ser libre es ser responsable, para lo bueno y para lo malo, de tus propias decisiones. De ahí que la libertad sea tan cara de interiorizar y de lograr ejercer en unas sociedades como las actuales, tan grupales, tan “de rebaño”, que no observan la viga en su ojo y destacan la paja del ajeno, rechazando así la propia responsabilidad y pidiendo a los demás, a un Estado omnipotente, quedar protegidos desde la cuna a la sepultura. Que una cooperativa de un sindicato me estafa… que me lo solucione el Estado. Que un banco me vende unas preferentes (ojo, no me refiero a los clientes engañados) pues que me lo resarza también el Estado, es decir, los demás ciudadanos ¡Yo soy un gran inversor inmobiliario y financiero!, pero sólo cuando obtengo beneficio para mí.
Soy liberal, sí, en el mismo sentido que reclamaba Kennedy, en su toma de posesión como Presidente de los Estados Unido, instando a los ciudadanos a que se preguntasen por lo que cada uno podía aportar al bien de su país, al bien común, en vez de rebuscar lo que cada cual puede obtener de los demás. Siempre, eso sí, que nos encontremos ante una sociedad, como la nuestra que, con todas sus sombras, tenga en cuenta que para el logro de la plena libertad, la igualdad debe ser “real y efectiva”, como reza nuestra Constitución, permitiendo así la superación personal y, con ella, la de todo el grupo.
Y a fuerza de liberal, soy demócrata. La democracia occidental es la mejor, la única, forma de gobierno, si abogamos por ese binomio indisoluble libertad-responsabilidad, si defendemos al hombre en su dignidad. Por eso vale la pena defenderla. Con todos sus problemas, claro que sí. El reconocimiento de las imperfecciones de la democracia parte, como cualquier obra humana, del íntimo convencimiento, tan democrático por cierto, de que nos encontramos ante un contrato “de tracto sucesivo”, como el matrimonio en el Derecho romano; de una ligazón del individuo con las instituciones que diariamente se renueva o desaparece. De ahí su carácter permanentemente perfectible y sometido a críticas, respetando la opinión de todos, también de la mayoría que adopta las decisiones, gusten o no. Sobran “escraches” y coacciones a los representantes políticos en una democracia avanzada como la nuestra… y quizás falte compromiso y participación personal en su perfección cotidiana.
Y si amo la libertad y, por ende, defiendo la democracia, soy español y, claro es, quiero a España. Así de claro. Una España abierta a todos, madre y a veces madrastra, que cantaban Ana Belén y Víctor Manuel; una España de ciudadanos; una España democrática, superadora del enfrentamiento unamuniano entre “los hunos y los hotros”. Observo con preocupación el olvido de nuestra reciente historia en aras a la reedición de aquel goyesco “duelo a garrotazos” que tan bien reflejara el cineasta recientemente desaparecido Bigas Lunas en “Jamón, Jamón”.
Y esa libertad, esa democracia, esa España a las que me refiero, por primera vez quedaron conexionadas hace ya treinta y cinco años en una Constitución que, con todos sus defectos, creo que alguna virtud atesora. Por ejemplo, permitir a quien esto escribe defender sus ideas. Y a usted, ahora también lector paciente, defender las suyas.
No se nos olvide. La libertad, la democracia, nuestra España constitucional valen la pena.

José Manuel Vera Santos
Catedrático de Derecho constitucional de la Universidad Rey Juan Carlos

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