A principios de este mes de octubre, Su Majestad el Rey Felipe VI presidió la reunión del Patronato del Instituto Cervantes. Durante el almuerzo con los miembros del mismo, al que se unieron los embajadores acreditados de los países hispanoamericanos –representantes de esa «comunidad histórica» a la que alude el artículo 56 de nuestra Constitución– nuestro Jefe del Estado destacó su deseo de que «en las próximas décadas las generaciones (…) hereden un legado −el español y la cultura panhispánica que se expresa a través de él− que, con el trabajo y el compromiso de todos, crecerá y se fortalecerá en beneficio de todas nuestras sociedades».

En estas fechas en las que acabamos de ¿celebrar? la Fiesta Nacional, y en las que se vuelven a reeditar los sucesos de 1934 y 2017 en la región catalana, escribo este artículo –cuyo título aggiorna el de la obra más conocida del alavés Ramiro de Maeztu, ayer asesinado y hoy mancillado en sus descendientes– para destacar el llamamiento regio a la responsabilidad de España y de los países hispanoamericanos en la potenciación del legado y la actualidad de los lazos que nos unen. Delante de los representantes de unos hombres y mujeres que, no hace tanto, eran aquéllos españoles de «uno de los dos hemisferios» a los que aludía el artículo 1 de la primera Constitución que reconocía derechos y libertades, allá por 1812, alude Su Majestad a un concepto, la panhispanidad, que mixtifica todas las aportaciones, históricas y actuales, se refiere a una realidad que aúna la globalidad cultural, política y económica que hoy encarnan no solo la veintena larga de Estados hispanohablantes, sino los cientos de millones de personas que utilizan el idioma español para amar, para reír o para rezar.

Quien esto escribe, muy orgulloso de ser español, lo está también de la obra cultural y civilizatoria realizada por nuestra Patria. Eso ha sido, es y será la Hispanidad. Cultura y civilización que, afortunadamente, se nos devuelven hoy por nuestros países hermanos corregidas y aumentadas, haciendo posible esta alianza entre todos los que hablamos, los que escribimos y pensamos en español. Eso es la panhispanidad. Por eso abogo por un panhispanismo que entiende y defiende el ser mexicano en México, colombiano en Colombia, panameño en Panamá y cómo no, el ser español en España. Sí sí… ser español en España, aunque algunos traten de impedirlo o imposibilitarlo –me refiero a «nazionalistas» por acción y a otros políticos por omisión–. De lo contrario muy difícilmente se podrá lograr unir, apuntalar algo que no existe en la raíz. Resulta, pues, necesario, la existencia de un sentimiento que nace de «quererse a uno mismo» para posteriormente reconocerse como parte integrante de un todo cultural, idiomático o social.

Aludía el Monarca a cuestiones que, indubitadamente, nos unen a tantas y tantas personas: el idioma español y la cultura que conlleva su uso. Y, si siempre es momento adecuado, hoy, además, se hace necesario recordar la relación existente en este indisoluble binomio idiomático cultural. Por eso hemos de luchar denodadamente para que no arrinconen la lengua novelesca de Cervantes, que se hace mística con Santa Teresa o San Juan de la Cruz, que se convierte en trágico sentimiento con Unamuno; la misma lengua por la que transita el realismo mágico del colombiano García Márquez, que se hace novela en las manos del peruano Vargas Llosa y que se trasforma en poesía con el chileno Neruda o el uruguayo Benedetti…Y es que, la postergación del idioma español, limpio en la prosa azoriniana, gongorino y modernista en los versos de Rubén Darío, conllevaría, sin duda, la desaparición paulatina de la cultura panhispánica.

Cierto es que encontramos a diario actuaciones que atentan contra este doble vínculo idiomático y cultural. Los ataques a España asumiendo la leyenda negra –rechazando la historia real, incompatible con la primera, argumentando de manera bastarda un indigenismo falso y trasnochado– supone el paradigma de lo criticado desde el ámbito cultural. Y si miramos lo que ocurre en España, observamos decisiones políticas que contrarían el vínculo panhispánico que nos recuerda Su Majestad. La desustanciación del castellano como lengua vehicular en la educación ¡qué pesados los políticos defensores del inglés como tal, error craso donde los haya por la meritada unión entre lo lingüístico y lo cultural! constituye uno de los más graves ataques. La tan políticamente correcta defensa del trilingüismo (inglés, castellano e idioma regional), trampantojo que oculta la vergüenza de defender el idioma común patrio y darle el lugar que corresponde según establece el artículo 3 de nuestra Constitución, como lengua oficial del Estado que debe ser conocida por todos los españoles que tienen también el derecho a usarla, no queda a la zaga. Ni qué decir tiene que la desaparición fáctica del castellano en la cotidianeidad administrativa de varias regiones españolas –preterición que avanza lamentablemente desde el País Vasco hacia Navarra; desde Cataluña hasta Baleares, pasando por la región valenciana y que va enraizando en Galicia– constituye el mayor ejemplo de irresponsabilidad política.

Escuchemos al Rey. Trabajemos por nuestro futuro fortaleciendo un panhispanismo atemporal, trascendente, radicado en nuestras sociedades y, sobre todo, en lo íntimo de la persona, recordatorio vívido de lo que fuimos, espejo de lo que somos y ejemplo de lo importante que resulta avanzar unidos por lazos que nos identifican y engrandecen. Forjados como estamos por un idioma y una cultura envidiables de las que somos meramente depositarios, como en la evangélica parábola de los talentos, deberemos dar cuenta a las posteriores generaciones del encargo realizado, respondiendo cada uno según las responsabilidades sociales, políticas o económicas que nos toca gestionar. Quien tenga oídos, que oiga.

Artículo publicado en La Razón el 26/10/2019. Ver artículo original

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